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CHE, AYER, HOY Y SIEMPRE

Réquiem por hombres valientes

Por Diego M. Vidal

En el mediodía del 8 de octubre de 1967, dos compañías de rangers bolivianos y un escuadrón de soldados, más de doscientos efectivos, chocan con el Che y sus hombres, cuando estos se disponían a esperar la noche en el fondo de la quebrada, para tratar de romper el asedio de las tropas gubernamentales.
Combaten hasta el anochecer y solo un reducido grupo logra escapar, mientras el Comandante Ernesto Che Guevara cubre la retirada de sus hombres, herido en una pierna y tratando de ayudar al Chino, que debido a su estado de salud y sus limitaciones visuales, no puede valerse por sí mismo.
Arturo, Antonio y Pacho resisten desde sus posiciones, son abatidos los dos primeros y gravemente herido el tercero.
Con su fusil M-2 destruido por un disparo y el cargador de su pistola vacío, el Che es capturado vivo junto a Willi y el Chino Chang. El sargento Benardino Huanca lo golpea en el pecho con la culata de su arma y le apunta con la intención de dispararle, la interposición decidida de Willy Cuba evita que asesine al Che a sangre fría.
El jefe de la Compañía A, Capitán Gary Prado, ordena el traslado de los prisioneros a La Higuera.
El Che es encerrado en una de las aulas de la escuelita, junto a los cadáveres de los guerrilleros Antonio y Arturo.
Gary Prado y el coronel Andrés Selich lo interrogan, este último violentamente y es golpeado por el Che a pesar de tener sus manos amarradas.
Aún cuando la orden es mantenerlo vivo, un grupo de soldados borrachos trata de asesinarlo, entre ellos Mario Terán y Bernardino Huanca, evitándolo los oficiales bolivianos Gary Prado y Miguel Ayoroa.
El agente de la CIA, de origen cubano, Félix Rodríguez, lo interroga con insultos y maltratos, a los que el Che responde llamándolo traidor y mercenario.
En La Paz se reúnen el general Barrientos con los generales Alfredo Ovando, Juan José Torres, los coroneles Vázquez Sempértigui, David la Fuente, el comandante de la Fuerza Aérea León Kolle Cueto y el contralmirante Horacio Ugarteche, quienes deciden la orden de asesinar al Che.
Cerca del mediodía del 9 de octubre de 1967, los militares bolivianos Bernardino Huanca, Mario Terán y Carlos Pérez Panoso, aceptan ser los ejecutores del crimen. Ejecutan al guerrillero boliviano Willy Cuba y al peruano Juan Pablo Chino Chang.
A las 13 horas, Mario Terán entra al aula en la que está prisionero el Che, lo ayuda a ponerse de pie y diez minutos después dispara una ráfaga, el resto de los presentes también lo hacen, incluso el agente de la CIA, y el Comandante Ernesto Che Guevara es asesinado.
Después de múltiples vejaciones del cuerpo inerte del Che, la amputación de sus manos, golpes y el reparto de sus pertenencias, el cadáver es expuesto a la prensa y los pobladores de Valle Grande. Posteriormente, el día 10 de octubre, es enterrado en un zanja con los otros guerrilleros, junto a la pista del aeropuerto de Valle Grande.
Convertido en mito, leyenda o como bandera de las luchas y resistencias de todos los pueblos del mundo, la imagen y el ejemplo del Comandante Ernesto Che Guevara ha traspasado las fronteras geográficas y del tiempo.
Durante los últimos 36 años, el Che ha simbolizado la rebeldía de los jóvenes y encabezado las manifestaciones con las más diversas consignas, desde las revueltas francesas de mayo de 1968, atravesando las protestas casi clandestinas contra las dictaduras que asolaron América Latina durante la década de los 70, hasta los reclamos contra las guerras imperiales de comienzo de este Siglo XXI.
Hoy, la imposición de políticas anexionistas como el ALCA o la lisa y llana intervención militar en Irak o el proyectado contrainsurgente Plan Colombia, la fuerza del símbolo da paso al contenido de su pensamiento y cobra superior vigencia cuando, a la luz de los acontecimientos, aparece la visión premonitoria de un hombre que trascendió los márgenes de su tiempo y permanece eternizado en las conciencias.
Por Diego M. Vidal