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Latinoamérica

Jorge del Prado a contraluz

Gustavo Espinoza m. (*)

En los próximos días se recordarán dos fechas anudadas en la historia: el 13 de agosto, el sexto aniversario de la muerte de Jorge del Prado (**); y dos días más tarde los 95 años de su nacimiento, ocurrido en Arequipa, al sur del Perú, el 15 de agosto de 1910.
Dirigente histórico de los comunistas peruanos, fue el Secretario General del PC entre 1967 y 1991. Condujo también Izquierda Unida en una de sus etapas más cruciales. En 1978 fue elegido miembro de la Asamblea Constituyente y dos años más tarde Senador de la República, función que retuvo durante 12 años hasta el 5 de abril de 1992, cuando Alberto Fujimori cerró el Congreso e instPuró un régimen dictatorial y corrupto que habría de prolongarse hasta noviembre  del año 2000. No alcanzó a ver el fin del fujimorismo, como hubiese sido su ambición, porque murió antes, víctima también de las circunstancias adversas que golpearon al país en esos años.
En su momento, del Prado fue una de las figuras más discutidas de la Izquierda peruana. Lo acusaron falsamente de "reformista", "conciliador" y otras lindezas. A su muerte, sin embargo, todos coincidieron en reconocerle valores que le habían mezquinado y en subrayar los aspectos más positivos de su personalidad. Hoy, cuando su ausencia se hace más notable y golpea; la generalidad lo olvida, como si estuviera guardado en el viejo desván de las cosas del pasado. Vale la pena, entonces, reseñar sus méritos y exaltar las acciones que le dieron consistencia y le grajearon el reconocimiento de las multitudes.
Emergió a la política cuando apenas tenía 18 años, integrando un  grupo de jóvenes intelectuales de Arequipa, el Grupo Revolución, que se vinculó directamente con José Carlos Mariátegui en 1928.
En los dos últimos años de la vida del Amauta se convirtió en un activo colaborador suyo, y se incorporó a las tareas que éste le encomendara. Así, a comienzo de 1930 viajó a la sierra central del país para asumir las tareas de organización y educación del proletariado minero. Estuvo, de ese modo, entre los organizadores de la primera Federación Minera e intervino en todas las luchas del periodo antes y después de la muerte del Amauta, ocurrida en abril de ese año. Después de tan infausto suceso volvió al interior del país  promoviendo la realización del Congreso Minero que desembocó, infaustamente, en la Masacre de Malpaso, en noviembre de ese año.
Bien puede decirse que tanto el influjo de Mariátegui como la sangre derramada por los mineros asesinados, afirmaron en del Prado su compromiso de lucha por el socialismo. Nunca más se apartó de ese ideal, aunque su vida, ciertamente dilatada, conoció dificultades de todo orden. Con Avelino Navarro, Eliseo García y otros, integró el primer grupo de revolucionarios peruanos confinados en los campos de concentración creados en la selva peruana por el régimen de entonces, en 1932. Rebelde ante la adversidad, sin embargo, se dio maña para escabullirse y huir cruzando las selvas en dirección a Bolivia, para reingresar poco después al país a fin de continuar la lucha contra las sucesivas dictaduras que asolaban el suelo patrio. Un poco más tarde, en 1937,  durante el régimen pro fascista del Mariscal Benavides y por la vigencia de la ley 8505 que creó los Consejos de Guerra para someter a ellos a los perseguidos políticos, fue encarcelado y condenado a varios años de prisión, alcanzado su libertad sólo a fines de 1941. Haciendo honor a la tradición de la época, del Prado reivindicó ante los tribunales militares su condición de comunista, desatendiendo los consejos de su abogado que le recomendada "prudencia". En la tradición dimitroviana, y al igual que Luiz Carlos Prestes en los mismos años ante el Estado Novo, optó por convertir el banquillo de los acusados en una tribuna para denunciar el carácter asesino del gobierno de entonces al tiempo que subrayó con mucha fuerza su identificación con la causa del socialismo.
En 1942 se empeñó en reconstruir la capacidad operativa del Partido, ciertamente diezmado por el aventurerismo ultraizquierdista de Eudocio Ravines y por los arteros ataques policiales. Pudo, sin embargo organizar el I Congreso del PC que implicó un cambio de rumbo fundamental en el país y un ostensible viraje hacia la política de masas. Ya antes, por cierto, desde 1935, del Prado había encabezado una lucha orientada a restituir el legado de Mariátegui en la historia del Partido que pretendiera ser borrado por Ravines y sus seguidores. En esa línea, escribió en 1943 en la revista Dialéctica, que se publicaba en La Habana una certera refutación de las concepciones de Mirochevski, que atribuía al Amauta deformaciones "populistas".
El escenario ayudaba a la lucha ideológica y política entonces porque el mundo vivía los horrores de la II Gran Guerra y las fuerzas más avanzadas alentaban los frentes antifascistas. En el Perú la expresión de ello, con las características propias de nuestro proceso, fue el Frente Democrático Nacional que en 1945 llevó al poder a Bustamante y Rivero, un demócrata de ideas progresistas  que tuvo el valor, en ese entonces, de proclamar su amistad solidaria con los comunistas y concurrir al acto inaugural del Congreso del Partido en 1945.
Los años del Frente fueron escasos, pero además se vieron opacados por la actitud beligerante de la dirección pro imperialista del Partido Aprista, que buscó obstaculizar y destruir la unidad del pueblo minando incluso la consistencia del régimen democrático de entonces. El colofón fue el retorno de la dictadura militar que se entronizó nuevamente en el país a partir de octubre de 1948.
Combatiendo firmemente a la dictadura los comunistas peruanos pagaron un alto precio. Principales figuras del Partido fueron ferozmente perseguidas, encarceladas, torturadas y aún asesinadas.
Operando en la clandestinidad, del Prado no optó por pasar desapercibido. Cuando en junio del 50 ocurrió en Arequipa la insurgencia de los estudiantes que llevó a la insurrección de la ciudad, supo colocarse en la primera filas de las luchas y tomó las armas junto al pueblo, por lo que luego se vio forzado a huir del país, radicando largo tiempo en Bolivia, Argentina y Brasil.
Después de restaurado el régimen constitucional en 1956, del Prado volvió al país iniciando lo que sería un periodo muy rico en la lucha de masas. El PC, en efecto, supo en ese momento enarbolar con mucha fuerza  banderas patrióticas y antiimperialistas y levantó un programa que unió a significativos sectores. Fueron los años del Frente de Liberación Nacional que con un militar a la cabeza -el general César Pando- cimentó una fuerte corriente progresista incluso en el mismo seno de la Fuerza Armada, además, naturalmente, de ganar para su acción a importantes sectores laborales y sociales. En 1967, del Prado asumió la conducción del PC y fue ratificado en ese cargo en diversos eventos.
Cuando en 1968 los militares progresistas, liderados por Juan Velasco  alcanzaron el poder derrocando al régimen pro imperialista de entonces, tanto del Prado como el Partido respaldaron el proceso en marcha. Fue, por cierto, una decisión audaz y justa. Había mucha desconfianza en la población por el pasado siniestro de las dictaduras militares y por eso hubo quienes asumieron el fácil papel de tomar distancia para "no comprometerse" con el régimen de facto. Los hechos de la historia, sin embargo, confirmaron la justeza de la línea del PC en el periodo, que se identificó con las transformaciones revolucionarias y luchó desde las masas, y con ellas, para hacer avanzar los cambios.
Fue gigantesco el salto que dio el país en esos años duros y difíciles. Pero lo más importante del periodo radicó en el hecho que permitió la politización activa de la población. Por eso la izquierda - que apenas llegaba al 3% de los votos en los comicios de 1963, pasó a aglutinar un 31% de los sufragios en 1978 y obtuvo el 37% más tarde con Izquierda Unida y su candidato Presidencial Alfonso Barrantes.
Izquierda Unida fue, a partir de septiembre de 1980 la más importante experiencia de acumulación de fuerzas que hizo el movimiento popular en nuestro país. No fue un conglomerado de siglas más o menos heterogéneo. Fue la concreción de una acción común de sectores progresistas y revolucionarios alineados con el ideal socialista, los que alcanzaron a forjar IU convirtiéndola realmente en una alternativa de Gobierno y de Poder.
Probablemente cuando se escriba la historia de la lucha revolucionaria de nuestro pueblo se abordará en su verdadera dimensión la importante contribución de IU al proceso social peruano. Aportó no sólo organización y lucha, sino también capacidad de gestión y solvencia política que le hicieron ganarse la confianza de importantes sectores de nuestro pueblo.
Consciente de sus responsabilidades, del Prado actuó siempre al lado de los trabajadores. En marzo de 1983 sufrió un atentado cuando se batía en la calle en defensa de las banderas enarboladas por la CGTP. Los que en esta aciaga circunstancias combatíamos con él codo a codo, apreciamos la naturaleza de su compromiso inabdicable. Como parte de él, ciertamente, estuvo también su identificación sin desmayo con Cuba socialista y con Fidel, su defensa de la Nicaragua Sandinista, su apoyo a la lucha del Chile antifascista, su vigorosa concepción internacionalista.  La reacción y el imperialismo, que por primera vez en el Perú tuvieron miedo ante los cambios en el gobierno de Velasco, buscaron dos objetivos esenciales: fascistizar a la Fuerza Armada desacreditándola ante el pueblo; y quebrar la unidad de las fuerzas progresistas destruyendo IU. Para la primera tarea se valieron de la guerra sucia y el terrorismo artificialmente alentado a través de Sendero Luminoso. Y para la segunda, alentaron en unos la vanidad siempre despierta y en otros la ambición nunca escondida, hasta logran finalmente dar al traste con la fuerza tan laboriosamente construida.
Hoy, a contraluz del personaje, se puede afirmar que del Prado nunca se arredró ante las dificultades. Luchó hasta el fin con la esperanza de recuperar el terreno perdido en beneficio de los trabajadores y el pueblo. Pero fue vencido y aislado en la última etapa de su vida y debió conocer dobleces y traiciones. No obstante, mantuvo altivo su bandera consciente que su ejemplo finalmente sería reivindicado.  Marxista y Leninista, perteneció a una generación de aguerridos revolucionarios latinoamericanos al igual que Blas Roca, Jesús Farias, Gilberto Vieira, Luis Carlos Prestes, Luis Corvalán y Rodney Arismendi, y tuvo fibra para resistir todos los combates.
En su dilatada trayectoria política tuvo sin duda aciertos y errores, pero los primeros fueron mucho más trascendentes e importantes que los segundos. Los que trabajamos junto a él, y tuvimos el valor de reconocer unos y otros en su momento, y advertírselos; podemos nuevamente exaltar su lucha y rendir hoy homenaje a su memoria.
Su ejemplo perdurará en la conciencia de los peruanos y alumbrará el proceso de recuperación del movimiento popular en la batalla por el socialismo.
(*) Del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera (**) Se le rendirá un homenaje el sábado 13 de agosto, a las 7 de la noche en la Casa Museo José Carlos Mariátegui.
Lima, 6 de agosto del 2005