Europa |
La "crisis de Europa" vista desde el Líbano
Robert Fisk
La Jornada
¿Qué están tratando de hacer ustedes los europeos? ¿Qué es esa tontería de
que Europa se está dividiendo? Estábamos comiendo a sólo unos cientos de metros
del cráter dejado por la bomba que en febrero pasado mató al ex primer ministro
libanés.
El restaurante quedó casi destruido por la explosión y sus empleados aún tienen
cicatrices. El capitán de meseros de La Pailotte muestra una muy dolorosa y
profunda cortada en la mejilla derecha. Mi anfitrión aún estaba asombrado:
"¿todavía viven ustedes en el planeta Tierra?"
Le doy la razón. Cuando abro los periódicos europeos que llegan a Beirut leo
sobre el caos, el rechazo a la Constitución en Francia y Holanda, sobre la
posible separación de la Unión Europea (UE) y la propuesta de que se regrese a
la lira (¡de todas las monedas, la más absurda!), de duelos a gritos en Bruselas
(¡de todas las ciudades, la más absurda!), sobre rembolsos.
"Blair dice a Europa que debe renovarse", me informa el Herald Tribune. "Brown
lanza una severa advertencia a la UE", es el encabezado de mi diario. Parece que
sólo a los polacos les gusta la Unión Europea. Y en parte la respuesta a la
pregunta de mi amigo libanés tiene que ver con los fantasmas de Polonia. Pero
cuando los periódicos occidentales llegan a Beirut, muchos parecen una
perversidad sorprendente.
El viernes pasado, por ejemplo, los diarios libaneses, como otros del mundo
árabe, difundieron una fotografía que ninguna publicación occidental se
atrevería a mostrar. Al menos la cuarta parte de la primera plana fue dedicada a
ese horror.
La imagen era de un hombre iraquí en medio de la destrucción dejada por la
explosión de una bomba, tratando de ayudar a un niño de 12 años. La pierna
izquierda del niño había sido arrancada por debajo de la rodilla y, más abajo de
su gesto de agonía, podía verse, a todo color, el muñón, que era algo digno de
una carnicería: un enorme trozo de hueso rodeado de colgajos de carne.
Laith Falah, uno de los afortunados iraquíes "liberados" por nosotros en 2003,
iba en su bicicleta a una panadería de Bagdad a hacer unas compras para sus
padres y tres hermanas. Para él, sus padres y hermanas; para los árabes, para
Medio Oriente y para el amigo con quien comí, los problemas de la UE parecen tan
absurdos como Bruselas y la lira.
¿Por qué es, entonces, que los europeos ya no podemos comprender nuestra paz y
contento, nuestra seguridad, nuestros lujos extraordinarios, nuestros estándares
futuristas de vida, nuestra buena fortuna digna de dioses, nuestras vidas largas
y maravillosas?
Cuando llego a París por Air France y abordo el tren RER para ir a la ciudad,
cuando tomo el Eurostar hacia Londres y me tomo un café mientras el tren pasa
silbando a través de los enormes cementerios militares al norte de Francia,
donde yacen muchos de los amigos de mi padre, entonces puedo ver los ceños
fruncidos y rostros tristes de europeos como yo, rebasados por la pesada carga
de vivir en el hermoso Primer Mundo; dolidos por las jornadas mínimas de
trabajo, las leyes de derechos humanos y otras garantías que están mucho más
allá de cualquier cosa imaginable para la gente con que vivo.
Cuando el tren se aproxima a Waterloo alcanzo a ver el Támesis y el Big Ben, y
sé que por la noche me acurrucaré en la cama más blanda del Sheraton más pequeño
del mundo (se encuentra en el barrio londinense de Belgravia).
De ahí llamaré a un amigo desde mi teléfono celular: un iraquí que está tratando
de emigrar a Australia o Canadá, aún no ha decidido. Yo ya le he dicho que en el
primer lugar va a hacer mucho calor y en el segundo mucho frío. El me cuenta que
no puede cruzar la frontera de Jordania para visitar la embajada australiana.
Para él no hay Eurostars.
Lo más extraño -y esta es la perversidad fielmente retratada en nuestros
diarios- es que queremos creer que la situación en Medio Oriente está mejorando.
Irak es la democracia más joven del mundo, nuestros soldados están ganando la
guerra contra los insurgentes (al menos ya admitimos que es una guerra). Líbano
ya es libre y Egipto pronto será democrático. Hasta los sauditas aguantaron una
elección hace un par de meses. Israel saldrá de Gaza, el mapa de ruta
será puesto en marcha y habrá un Estado palestino... Todo esto es basura, por
supuesto.
Irak es una caldera de dolor y terror. La insurrección se vuelve cada día más
sangrienta, el pueblo de Líbano está siendo atacado, el Egipto de Mubarak es un
abismo de opresión y pobreza, y Arabia Saudita es -y seguirá siendo- una
monarquía absoluta e iconoclasta.
"Cuídate lo más posible", le dije recientemente a un amigo abogado libanés, cuyo
perfil político es exactamente igual al del periodista y ex líder de Partido
Comunista que fueron asesinados en Beirut este mes. "Tu también", me responde.
Reflexiono sobre esto.
Quizá los europeos necesitamos creer que Medio Oriente es un manantial de
esperanza para poder concentrarnos en nuestro dolor afortunado. Quizá nos ayuda
sentirnos desgraciados, maldecir nuestros privilegios y odiar nuestra vida
gloriosa, siempre y cuando estemos convencidos de que Medio Oriente es un
paraíso de creciente libertad y liberación del miedo.
¿Por qué? Primero nos mentimos en la tragedia de Medio Oriente y luego sobre el
paraíso que es vivir en Europa. Tal vez la Segunda Guerra Mundial está ya muy
lejana, casi exiliada de la memoria colectiva viva. El infierno verdadero de
Europa nos llevó a crear un nuevo continente de seguridad, unidad y prosperidad.
Y ahora, sospecho, lo hemos olvidado.
El mundo en el que murieron los compañeros de mi padre en el norte de Francia en
1918 y el mundo en el que mi madre se dedicó a reparar radios Spitfire durante
la segunda guerra está siendo "desaparecido", y sólo se le permite emerger
cuando lord Blair de Kut al Amara quiere comparar su horrible guerrita en Irak
con el momento más heroico de Gran Bretaña, o cuando queremos disfrutar la orgía
cinematográfica de la destrucción nazi en el filme La Caída (sobre los
últimos días de Adolf Hitler oculto en su búnker, N de la T).
Sólo en los países del Este, donde las fosas comunes están regadas por todos los
rincones de los helados territorios, la memoria prevalece y surge de entre la
niebla. Esto podría explicar el amor de Polonia por la Unión Europea. Aún así,
la herida terrible de Laith Falah es mucho más espeluznante que la película
Salvando al soldado Ryan, y esa es la razón por la que la imagen del niño no
fue publicada en Europa.
El viernes, antes del almuerzo, fui a la Plaza de los Mártires en Beirut a
presenciar el funeral del viejo Georges Hawi, ex líder del Partido Comunista,
quien conducía hacia la cafetería Gondole, el pasado martes, cuando una bomba
estalló debajo de su asiento y lo destrozó desde el abdomen.
Ahí estaba su viuda, quien sufrió un desvanecimiento de pena y horror cuando vio
el cuerpo de su esposo yaciendo en la calle, y quien lloraba ante el féretro. A
3 mil 200 kilómetros de ahí, Europa pasaba por una crisis.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca