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Latinoamérica

10 de agosto del 2002

Uruguay: Ante la caída en el abismo

Carlos Santiago (*)
Rebelión
Por Los hechos fueron consumados e impera la tristeza. Las consecuencias del fracaso del modelo económico implementado por los gobiernos colorados y blancos - a lo que se debe sumar lo hecho por la coalición de gobierno durante este período - son atroces para el país y su población, empobrecida a niveles nunca vistos, marginada y hambreada, con familias que se quiebran por la emigración masiva de jóvenes y no tan jóvenes, que deben buscar un futuro que aquí se les niega, en otros horizontes.
Por eso las responsabilidades de muchos deben ser reclamadas. ¿Cómo es posible que el país haya llegado a un nivel de deterioro tal que lo que hace unos meses eran cuantiosas reservas que se encontraban depositadas en el Banco Central - de no aprobarse la ley impuesta desde Washington - hubieran alcanzado para cubrir solo unos días más del drenaje, cayendo el país en una cesación de pagos sin retorno.
Claro todo hecho tiene su consecuencia. La demencial política llevada adelante por el presidente Jorge Batlle y su escudero, el ex ministro de Economía, Alberto Bensión, que la definían como de "honrar todas las obligaciones del país", determinó que ello no fuera posible y que quienes habían confiado en la Banca Oficial, realizando allí operaciones, se queden hoy - más allá de los perjuicios económicos que ello les provocará - con la convicción de haber sido nuevamente traicionados por un gobierno inepto, dogmático y que - vía coalición de gobierno - ha pisoteado hasta los mecanismos más caro que tiene el sistema institucional en que vivimos, sin importarle violentar las normas constitucionales, basados en la mayoría regimentada que les vota, sin chistar, hasta las peores medidas.
Por lo tanto existen responsabilidades políticas que deberán ser reclamadas. No es posible que los uruguayos dejemos pasar tanta irresponsabilidad e iniquidad en toda una política que ha destruido al país sin intentar, en ningún caso, reiniciar el camino del crecimiento.
Para Bensión el comienzo del "despegue", que anunció reiteradamente, lo indicaría el mercado cuando se concatenaran una serie de elementos. Por esa concepción dogmática del desarrollo el gobierno "hizo la plancha" durante tres años, sin adoptar medidas, porque en alguna ocasión se iba a lograr el momento del equilibrio. Ni siquiera cambiaron de pensamiento cuando el derrumbe se comprobaba a cada paso y el crecimiento de la pobreza hacia evidente que el país se encaminaba a una cesación de pagos que desde el lunes es una incontrastable realidad que afecta a miles y miles de ahorristas con plazos fijos en el República y Hipotecario y a los que tienen cuentas en los bancos liquidados (de Montevideo y Caja Obrera) y de los suspendidos (Comercial y de Crédito), cuya recuperación es por lo menos "vidriosa".
Lo votado durante el fin de semana en el Parlamento fue el desenlace de tanto dogmatismo, ineptitud y desapego de la realidad, elementos que no recordamos - pese a haber sido testigos de la acción de muchos gobiernos en el Uruguay - que se dieran en una magnitud tal todos ellos juntos y que el país cayera luego de cuatro años de crisis en un abismo de estas características, parecido al que vive la Argentina y del que nadie sabe como salir. Una ineptitud que los ha llevado a descreer hasta en uno de los planteos teóricos del propio modelo económico que preconizan, la del inalterable mantenimiento de los contratos.
Con la ley aprobada, se violentan miles y miles de contratos de quienes confiaron en la banca pública, reprogramando la devolución del dinero en un plazo de tres años. Sin embargo, ¿eso será así? El gobierno del presidente Batlle ha dado suficientes muestras de contradicciones, de borrar con el codo lo escrito con la mano, de hablar y reiterar horas antes del conocimiento de esta última ley de que el objetivo era pagar hasta el último centésimo de las deudas. Los contratos no fueron "honrados" y, por ello, quién puede tener la convicción que esa reprogramación a tres años se cumpla, como tampoco ocurrió con lo establecido en la carta de intención firmada con el FMI, de mantener un nivel de reservas adecuado a la realidad del sistema financiero.
El gobierno de Batlle en base a un abatimiento de tradicionales elementos de nuestra política internacional, como el de autodeterminación de los pueblos y de no injerencia en asuntos de otros países - logro, pasando por la ruptura con Cuba y por una acción tendiente a minar al MERCOSUR - a ser aliado de privilegio del gobierno de EE.UU. que habilitó, a través del FMI una cuantiosa ayuda económica cuyo primer tramo fue dilapidado por la ciega política de "apoyo" al sistema financiero, lo que se sumó a la vertiginosa caída de las reservas internacionales.
La respuesta a la desesperante ampliación de crédito por parte del FMI, era más que obvia. No habría un dólar más para seguir en la misma política, tan demencial como prevista, de asistencia irrestricta al sistema financiero, sin siquiera tener en cuenta el caso de los bancos que cayeron en default por las acciones delictivas de varios banqueros a lo que sumó la permisividad del Banco Central, que dejó hacer. Y tras cartón, ante la inoperancia del gobierno, proponer una reestructuración del sistema financiero que objetivamente favorece a la banca de matriz extranjera, y hiere de muerte al Banco República, sin duda la única entidad que cumplía con una tarea de fomento y que desde ahora deberá constreñirse a una tarea anodina sin poder competir, por falta de confianza, con la banca internacional que quedará como factor esencial en el mercado.
Ahora, en plena debacle, debemos pensar en un futuro en que el país deberá afrontar una inmanejable deuda externa, de un nivel tal que en poco tiempo se acercará al PBI de todo un año, siempre que el mismo no siga cayendo a los niveles actuales.
Un país en que nada funciona y que afrontará, en las próximas semanas, la aplicación de otra batería de medidas recesivas, contenidas en la llamada Rendición de Cuentas. Un panorama de liquidación nacional, en que las esperanzas solo pueden ser el producto de una expresión que va a contramano de la realidad.
Sin embargo existe una conclusión más que evidente. Asistimos a la anunciada caducidad del modelo, cayendo en un abismo insondable con los ojos abiertos. Sin embargo muchos están comprendiendo que también ha llegado al panorama nacional otra caducidad: la de los partidos tradicionales que hasta el fin se sumaron a la irracional campaña que ha tenido como resultado la situación que hoy vivimos.
(*) Periodista, secretario de redacción de Bitácora de Montevideo (Uruguay)