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27 de marzo del 2002
Barcelona: Adiós al síndrome del 11 de septiembre
Jesús Ramírez Cuevas
Masiosare
BARCELONA ES HOY un nuevo referente del movimiento global. Después
de la movilización de más de 500 mil personas será difícil
descalificar las protestas contra las políticas económicas en
el mundo como cosa de "minorías radicales y violentas".
El significado y la dimensión de lo ocurrido en la Ciudad de los Prodigios
se ubica en la perspectiva de los años recientes. Seattle fue la sorpresa,
el nacimiento del nuevo movimiento, la ruptura del consenso mundial en favor
de la globalización. Los gobiernos no sabían cómo reaccionar
ante la novedosa inconformidad. Después vinieron las protestas en Washington,
Davos, Praga, Quebec; en cada cumbre se ensayaban nuevas acciones y nuevas reacciones.
La violencia iba en aumento y la policía aprendió a utilizarla
en su favor. A partir de Gotemburgo, el año pasado, se lanza una estrategia
que hace más eficaz el cerco policiaco contra los manifestantes y la
represión más abierta y brutal. Génova representó
el clímax de esta política; aunque la convocatoria fue un éxito,
también demostró que los gobiernos habían decidido acabar
con los globalifóbicos a costa de conculcar las libertades democráticas.
El asesinato de Carlo Giuliani por policías italianos fue un claro mensaje.
A esto se agrega el ambiente creado después de los atentados del 11 de
septiembre, que sirvió para estigmatizar y criminalizar las manifestaciones,
al equipararlas con el terrorismo. La inmovilidad cundió entre muchos
sectores. En este contexto, Barcelona representa un cambio que rompió
la lógica de las marchas anteriores.
Salirse del guión preparado
La tarea no fue fácil. A la campaña de satanización mediática
y de acoso policial del gobierno español, se sumaban las dificultades
de coordinación y de entendimiento dentro del movimiento. El gobierno
puso a la ciudad entera bajo sitio militar y los medios de comunicación
desalentaban la participación en la campaña anticumbre.
Iñaki García, integrante del Colectivo de Solidaridad con la Rebelión
Zapatista y uno de los animadores de las jornadas "Contra la Europa del Capital
y contra la Guerra", el 15 y 16 de marzo pasados, explica a Masiosare: "Entendíamos
que en Barcelona se jugaba mucho, y más después de Génova.
El ambiente estaba raro por la experiencia de junio del año pasado (la
marcha contra el Banco Mundial que fue duramente reprimida). No resultaba fácil
afrontar la organización de las protestas contra la Cumbre europea y
había miedo ante la gran intervención policial que se estaba gestando".
Algunos activistas advertían en las asambleas que "la maquinaria represiva"
podría hacer que muchos buscaran esconderse en lugar de pensar en protestar.
"Pese a todo -cuenta Iñaki García- hubo acuerdo en impulsarlo".
Desde el principio, algo tenían claro los promotores: "no se quería
el terreno que nos preparaban, el enfrentamiento directo en el que teníamos
las de perder", indica.
"Empezamos con muchas dudas y la cosa fue avanzando hasta conseguir un sinfin
de iniciativas. Fue un trabajo de hormiguita en muy poco tiempo, pero con mucho
entusiasmo. Las diferencias y las tensiones han sido muy fuertes pero se consiguió
armar la campaña con un contenido radical e innovador".
La mayoría de las personas y colectivos participantes pretendían
algo muy distinto a enfrentarse con la policía y destruir bancos. El
reto principal era vencer el miedo y ganar la calle. Había sectores ligados
al movimiento okupa y a los independentistas catalanes y vascos que insistían
en la acción directa violenta. Pero se impuso el consenso a favor de
acciones que anularan la estrategia bélica del gobierno.
"Acordamos, creo que todos, evitar los bloqueos contra la cumbre porque iban
a ser suicidas", recuerda Iñaki. Se promovieron movilizaciones descentralizadas,
fiestas, conciertos, representaciones masivas, actos de desobediencia civil.
La CGT (sindicato anarquista) llamó a realizar "todo aquello que se nos
ocurra y que demuestre la diversidad y la vitalidad de los movimientos sociales.
Hacemos un llamado a salirse del guión, a utilizar la acción directa
y la desobediencia civil como mecanismos de lucha que vayan más allá
del enfrentamiento violento con la policía. Es necesario recuperar el
carácter rabiosamente festivo y subversivo de nuestra actividad rompiendo
esquemas militarizados (cumbre- bloqueo-choque con la policía) en los
que quiere confinarnos el poder".
Se optó por hacer acciones descentralizadas, "tantas como la gente proponga",
bajo la idea de la convergencia y el respeto mutuos. En una de tantas reuniones
se argumentó: "No tengamos miedo, toda la estrategia policial se basa
en la creación de un estado de excepción, donde la gente se queda
en casa y una elite de activistas se enfrenta a 10 mil policías. Ante
esta realidad, el movimiento debe volver a usar la creatividad y la descentralización.
Lograr con ello una visualización más completa de las resistencias,
de su diversidad, más allá del esquema de torneo medieval que
propone la policía".
De esta manera se involucraron las luchas locales de la ciudad. Cientos de asociaciones
libertarias, colectivos de derechos humanos, laborales, mujeres, gays, ecologistas,
okupas, estudiantes e inmigrantes promovieron más de 25 manifestaciones
y acciones descentralizadas en toda la ciudad.
Incluso se inventaron formas de protesta como "la primera acción masiva
participativa, una coreografía muy mediática y divertida que representan
los síntomas de la Europa turbocapitalista, presentado como el primer
experimento global-animal en el mundo de las manifestaciones".
Se montaron obras escénicas para defender las libertades democráticas
y los derechos civiles. Se elaboraron manuales antirrepresivos. Una comisión
de los mismos organizadores se encargó del orden de la manifestación.
"No se trataba de bloquear la cumbre sino de desbloquear la ciudad", se dijo.
Las jornadas conjuntaron un archipiélago de causas. Lo mismo se rechazaba
el Plan Nacional Hidrológico, que se apoyaban las reivindicaciones de
mujeres o inmigrantes, se defendía la educación pública,
la legalización de la mariguana o se expresaba solidaridad con el pueblo
palestino. Se hacía énfasis en promover una economía en
manos de la gente y no de las corporaciones.
En un balance preliminar, Iñaki García apunta: "Se demostró
que había un descontento muy grande por cómo se había preparado
todo para la cumbre y por los acuerdos que se preveía se iban a tomar.
Se demostró que era una convocatoria abierta e incluyente, que tenía
un sentido crítico muy fuerte que nadie podía rentabilizar para
su interés partidista o de poder".
Después de la movilización -añade- vemos más fuerte
al movimiento. "Pensamos que Barcelona da aire a todos los que luchan y resisten.
Los poderes mundiales saben también que Barcelona es una ciudad donde
no son bienvenidos y el resto del mundo sabe que tiene un buen precedente esperanzador,
que las cosas se pueden hacer".
Y concluye: "Sobre todo hemos podido demostrar que tiene sentido la lucha y
que podemos arrancarle espacios al poder y conectar con la gente común
y corriente. Eso que parecía imposible se ha conseguido". Otra realidad
se hizo posible.