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Argentina: La lucha continúa

ARGENTINOS A PENSAR

por Eduardo Anguita*

La crisis es grave. Pero no por lo que quieren hacernos creer los banqueros y los políticos. En el Banco Central, Aldo Pignanelli está haciendo lo que hicieron otros. A los presidentes del Banco Central no los ponen los presidentes, los ponen los grandes bancos, las corporaciones. Eso, desde que se creó, en 1935. Porque lo necesitaba la oligarquía ganadera y comercial que había firmado el « pacto del coloniaje » allá por 1933. El que la historia oficial recuerda como Roca Runciman. El pacto para ratificar que seguíamos siendo colonia inglesa. El chantaje, entonces, de los británicos era: « si no nos garantizan que cada libra que entra por cada kilo de carne la van a reinvertir en productos británicos o servicios británicos, no les compramos más carne ». Rapidito, el gobierno del general Agustín Justo actuó sin justicia y entregó una vez más la soberanía. No era un acto de cobardía sino de conveniencia.

Ahora, Pignanelli dice que la crisis es tremenda, que si se abren los bancos desaparece el sistema financiero. Hace unos días, una funcionaria que está en el Central me dijo: «Hay un centenar de bancos, si se abre el corralito se caen a los sumo 15, el resto se las arreglará». Claro, las tapas de los diarios se hacen eco de la posible catástrofe en vez de decir: «Así va a quedar el sistema financiero después de la caida de una docena de bancos privados y dos estatales»

En tiempos difíciles, pensar parece un lujo asiático. Hace unos miles de años, la mitología budista le había asignado al elefante el lugar del sabio entre los animales. Según ellos, la bestia -inmensa y lenta- era la única que recordaba sus vidas anteriores. Permanecía tranquila durante largo tiempo porque meditaba acerca de ellas. Hoy, meditar, hacer memoria, reconocerse uno mismo no ya en vidas anteriores sino en las vidas de nuestras generaciones precedentes parece un acto de audacia intelectual o una muestra de exceso de copas.

Sin embargo, aquí estamos los argentinos, necesitados de recordar quiénes somos. Discutir si la crisis del 30 fue más o menos profunda que la actual es entrar en el juego de la estupidez. La realidad es que, aquella vez, en vez de usar las divisas que generaban las carnes para atender el sufrimiento social, la oligarquía reenviaba las libras a Londres. Ellos nos mandaban los productos manufacturados o los reinvertían en agrandar nuestra deuda. Y los ganaderos, por supuesto, a salvo. Hoy, la oligarquía corporativa y financiera remata el país porque es lo que le conviene a sus intereses. Con 18 millones de argentinos bajo la línea de pobreza. Con seis bajo la línea de indigencia.

Esta es la democracia que supimos conseguir, la que nos venden los banqueros. Una democracia en la que de 14 directores del Banco Central, 11 son puestos por el Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina. El centro de los grandes bancos, los que llevaron al fracaso el país y que siguen asustando con que la crisis es tremenda.

Pensemos por un momento, ¿por qué los legisladores no debaten dos días seguidos para hacer una nueva ley de entidades financieras que termine con la hegemonía del CEMA ? La respuesta no parece tan difícil. Una pista: « dime quién financia tus campañas políticas y te diré para quién legislas »

Una cosa es consumir noticias sin ton ni son. Otra es pensar. Y más difícil es comprometerse con lo que se piensa. Sin la majestuosidad del elefante, pero con la necesidad de reconocer cuál es nuestra historia, cuáles son nuestros amigos o nuestros enemigos.

Lo que es peor: sin siquiera capacidad para discriminar quién es nuestro enemigo interno. Los del CEMA se educaron en la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago. La misma que fundamentó filosóficamente el plan de José Martínez de Hoz. Ese mismo señor que entró hace un año a la Casa Rosada a pedirle al entonces presidente Fernando De la Rúa que liberalizara la economía ¿No se acuerda ? Bueno, es lógico que no se acuerde porque los diarios lo sacaron así de chiquito. Y porque muchas veces nos derrota la estupidez creyendo que alguna vez el enemigo nos va a salvar las papas.

Los años del menemismo no se limitan a los años de Menem. Las responsabilidades de quienes « traspasaron la ley sin ser advertidos » exceden completamente a Menem y a quienes lo acompañaron ; aún a quienes lo votaron. Los argentinos que votaron contra Menem hace apenas dos años entregaron su confianza a una Alianza que nada tenía que ver con los elefantes que recuerdan sus otras vidas y se entregaron a gobernar sin haber descubierto -mientras eran oposición, que es el tiempo de control de gestión y de diagnóstico para la acción-, por ejemplo, que el déficit fiscal anual del último año menemista era de 10.000 millones de dólares y no de 5.000 millones como declaraban Menem y su equipo de gobierno. Esto resulta muy grave : una vez que eran descubiertos en su transgresión a la ley, no debían responder ante ninguna autoridad sino que seguían en libertad de acción. Y ahora, preparándose para volver al poder.

El valor de la palabra: la acción.

¿Acaso no nos queda la palabra? ¿No podemos recordar quiénes son aquellos que utilizaron las fogosas palabras para conformar sus mafias de poder y quiénes son los que tuvieron apenas poder por usar la palabra como herramienta en defensa del pueblo?

Hoy no alcanza con rasgarse las vestiduras recordando que somos uno de los principales países exportadores y la mitad de la población no tiene qué comer. La diferencia no es sólo que hay más hambre que hace unos años. La diferencia, por suerte, es que hoy se habla de quiénes y de qué manera transfirieron los recursos de los asalariados y sectores medios hacia los sectores más concentrados de la economía. Hoy no alcanza con denunciar el desfalco de un banquero o la corrupción de un político. Está más claro (claro en la misma manera que lo tenía claro Rodolfo Walsh hace 25 años o Arturo Jauretche hace 50; es decir, claramente claro) que el problema es el sistema.

Por eso es que hoy asistimos a un cambio en el protagonismo popular. Así lo demuestran desde los que atienden un comedor popular, los desocupados que crean grupos autogestionarios, pasando por las asambleas populares y los piqueteros hasta los miles de grupos diversos que hoy se sienten autoconvocados.

Está bastante claro que hay crisis para rato. Pero, además, que quede claro que tenemos que seguir pensando. Pensando para hablar en voz alta y para hacer. Enfrente tenemos corporaciones muy poderosas, con mucha experiencia en someter a los argentinos y entregar la Argentina. Eso sí, si seguimos pensando y haciendo, algún día nos los vamos a sacar de encima.
*Eduardo Anguita es Licenciado en Comunicación Social, docente universitario y periodista. Autor, entre otros textos, de "La voluntad", junto a Martín Caparrós.